La historia de Ifi
La feria de las tinieblas
Día 27Pachi:
Hoy me desperté a las tres de la tarde. Y te juro que, por mí, no lo hubiera hecho nunca.
Te cuento:
Ahí estaba yo, con mi vestido prestado, ajustado a fuerza de alfileres, zapatos de mi tía con tacos de diez centímetros, (si no los usaba me pisaba el vestido), y mi pelo rubio y enrulado, atado con un moño, caminando con orgullo hacia la Iglesia.
Eso de caminar con orgullo es sólo un eufemismo, por supuesto. La verdad es que andaba como si fuera pisando huevos, porque los tacos nunca fueron para mí. Cada dos pasos tenía que aferrarme fuertemente a algo o a alguien para no caer.
¿Qué me hizo pensar que, si todo era tan precario, la cosa podía acabar bien?
¡Qué sé yo!
¡Será que soy la más optimista de las depresivas!
La Misa de esponsales fue larguísima. El cura estaba inspirado, y no hacía más que hablar sobre los pecados de la carne. Mi tía abuela Tota, que es un poco sorda, aportaba, a los gritos, que si bien es un pecado el precio de la carne, peor estaba el del zapallo, que costaba un ojo de la cara. “¡Ya no se puede preparar ni un guiso!”, gritaba a quién la quisiera oír.
La ceremonia era tan larga, que hasta la novia comenzó a impacientarse. Se daba vuelta a cada rato, sudaba como un camionero, se apantallaba con el ramo, y se mecía de un lado a otro como si estuviera bailando. Pero bastó que el cura notara su apuro, para desviar de inmediato el curso de su filípica. Dicho en buen criollo: comenzó a retarla con descaro. Le dijo que en el matrimonio había que aprender a ser paciente, y tomarse su tiempo para lo importante. Mi prima, que tiene un carácter di-vi-no, (¡pobre novio!), lo enfrentó delante de todos, y le dijo: “¡Qué paciencia, ni paciencia! ¡Me estoy meando, y si no se apura, esto es un desastre!
No me pregunten como, pero después de semejante declaración, al cura le llevó apenas medio minuto terminar la Misa, y otro medio recitar los votos matrimoniales y dar la bendición.
Y es que si bien el pobre Padre conoce el valor de lo importante, tampoco desconoce el de un lavado de diez metros de alfombra roja.
Así, mi prima fue la única en la historia del pueblo que terminó saludando a los asistentes muy lejos del atrio, (en el baño, para ser más precisa)
Cuando al fin llegamos al salón donde iba a ser la fiesta, la cosa no pintaba tan mal.
La Tata, mi abuela paterna, había confeccionado artesanalmente buena parte de los platos. Yo, que aguardaba impaciente la llegada de Toti, comencé a comer sin asco, (¡la ansiedad!), mientras apretaba mi carterita con los preservativos.
Lo bueno, (al menos en ese momento me pareció así), fue que todos los que me saludaban miraban mi espalda con admiración.
¡Te dije que tengo buen culo!
Y, para más, yo lo había apretado hasta lo indecible con todo un artilugio de alfileres a gancho.
Estaba todo bien, y de repente...
Vos tenés que entender. Soy una chica de pueblo, criada bajo la sombra de dos hermanos que lo más fino que han hecho en una mesa fue taparse la boca después de eructar.
Y, como ellos, yo soy una bestia.
No por mi vieja, que para eso de los modales es una lady, pobrecita. Ella hizo todo lo que estuvo a su alcance, y un poco más. ¡Pero yo!... La verdad es que no es fácil domesticarme.
Cuestión que, al principio, habían servido fiambres, encurtidos y quesos. La otra gente, (la fina), tomaba un escarbadientes con forma de espadita, (un mondadientes, bah), picaba una cosa de la fuente, y se la comía, cuidando de masticar con la boca bien cerrada.
Eso la gente fina.
Yo, en cambio, agarré, (tomé), un cacho, (pedazo), de salame, otro de salamín, otro de cantimpalo, una aceituna, medio huevito de codorniz, una muzzarellita y un pedazo enorme de queso gruyere, y lo fui ensartando uno a uno en mi espadita de plástico.
En mi defensa tengo que decir que no fue nada fácil.
Pero yo estaba demasiado aburrida. Y, además, pensaba que si cada cosa es una delicia, todo junto era todavía mejor.
Ni bien pinché lo último, sin más preámbulos me llevé todo a la boca. ¡Hasta mis hermanos se hubieran sorprendido!... Y eso que mi boca es re-chiquita.
Nada mal considerando que, además, a último momento decidí incorporar un tomatito cherry que no me había entrado de movida, (desde un principio)
Masticar eso, aún con la boca abierta como estaba haciendo yo, no era nada fácil. Y, entonces, entre mordida y mordida, hete aquí que escucho la voz del Toti, (Toti= “mi ex con el que nunca corté”), que me estaba saludando.
¡Me quería morir!
Fue tanta la impresión, que sin querer me lo tragué todo de una.
¡Eso todavía fue peor!
Empecé a toser, y a escupir a todos los presentes, incluido Toti.
Como diría abuela: “Esas cosas pasan por atolondrada”
Con los ojos saltándose de mis órbitas, y un salame atrancado en la garganta, me dirigí con paso rápido al toillete, (¿para qué me hago la fina? ¡Al baño!)
Una vez repuesta, y con todos aquellos manjares ya digeridos, decidí aprovechar que estaba ahí para peinarme.
¡Qué pelotuda!
Fue todo cuestión de abrir mi carterita, (mi bolso, ¿me entendés?), para que mi vecina, (la que habían premiado, ¿te acordás?), mirara en su interior. La desgraciada clavó sus ojos en mis preservativos, y luego hizo una risita mordaz. ¡De envidia, seguro! ¡Qué bien le hubiera venido una cartera como la mía, catorce años atrás!
Con vecina, o sin vecina, con bolso o con cartera, yo no me dejé intimidar. La verdad es que, quizás por la poca luz, o por el espejo miserable lleno de humedad que había ahí, o, lo más probable, por los dos aperitivos que había tragado con el estómago vacío, me sentía una diosa total. Después de todo, no se trataba de conquistar a mi profe-bombón, ¿entendés? ¡Era Toti! Mi Toti...
¡Pan comido!
Uy... Me llaman a comer. Te la sigo mañana.
yo
***