lunes 5 de mayo de 2008

La historia de Ifi

Charros, chorros y otras yerbas

¿Por dónde había dejado, Pachi? Ah, sí...

Me re latía el corazón.

Yo estaba paradita ahí, delante de esa puerta inmensa. Tras ella, el Bruto y sus secretos.

Y entonces, después de tanto valor, me agarró una cosa de cobardía que... Te juro que ya no tenía fuerzas para nada...

Pero estaba ahí, y me había puesto mis mejores galas, y...

Cuestión que cerré los ojos y golpeé. Si, cerré los ojos, como una tarada, y le di todo el envión a mi puño. Pero en vez de chocarme con el metal duro, golpeé contra algo blando.

¡La cara del Bruto! Sí, el pobrecito había sentido ruido, y al ver que era yo, se había apurado a abrir. ¡Pobre bombón!!!!!!!!! ¡Le di una piña!!!!!!

“¿Qué hacés, pendeja?”, preguntó, mirándome como si hubiera bajado de un plato volador.

¿Podés creer que me quedé muda?

Un poco porque me había quedado sin aire de tanto correr, (o similar), y otro poco porque siempre es impactante tenerlo tan cerca. ¡No sabés! Estaba re lindo. Tenía una camisa ajustada y una mancha de grasa en la puntita de la nariz. ¡Pero hasta así se veía bien! ... Y eso que yo, como buena hija de mecánico, odio los hombres cubiertos de grasa. Pero Juampi es la excepción.

“¿Qué hacés, pendeja?”, insistió ante mi silencio. Y, la verdad, no lo dijo de buena manera. Era como si estuviera molesto por mi presencia ahí... No, no molesto, sino incómodo. Como si me debiera algo, y yo hubiera ido a cobrar. ¡Y de verdad me debía!... Al menos una explicación.

“¿Por qué te desapareciste?”, le eché en cara ni bien logré reaccionar. “Dijiste que me ibas a llamar, y...”

“Estuve con José Luis”, (ese es el alias del Empanada)

¡Dale, boludo, mirá si no iba a saber!

La verdad es que me bastó escuchar el nombre de mi rival para aterrizar de inmediato.

¿Que mierda estaba haciendo yo ahí? ¿Qué más necesitaba? ¿Un certificado extendido por el rey de los putos?

Así que ahí estábamos los dos, solos en ese lugar inmenso, él con su camisa ajustada, yo con mi vestidito corto, jóvenes, lindos, sensuales... ¡Y PELEANDO!

Sí, porque enseguida empezamos a pelear. Juampi estaba empeñado en que yo me fuera, y yo, demás está decirte, en quedarme. Por supuesto me quedé. El Bruto, como la hermana, es re flojito. Claro que no lloró como ella, pero tampoco pudo conmigo...

Cuestión que cuando vio que la cosa iba en serio, se re chivó, y volvió a sumergirse en su trabajo, sin dirigirme la palabra. Y cuando digo “sumergirse” no estoy jodiendo. Literalmente estaba metido adentro del motor del Torino del padre, y cada vez que se inclinaba parecía que el auto se lo iba a tragar.

¿Sabías que Juampi tiene un culo hermoso? La verdad nunca antes había mirado eso en un hombre, pero el de él es... distinto.

Y ahí estaba yo, como una idiota, mirando y suspirando. Y me decía a mi misma que el problema no era que el Bruto tuviera un culo apretadito y redondo, sino que ese lindo culo estaba manchado por la grasa de las manos del Empanada.

Sob... Sob..., (ese es el sonido de las lágrimas en las historietas)

Él, un dulce, seguía re enojado y mudo...

Y yo, por supuesto, más muda que él.

Cuestión que el único que exponía su punto de vista era el Torino, que tosía y tosía, justo como me enseñó mi viejo que hacen los autos cuando le falla el carburador.

“Es el carburador”, pontifiqué desde las sombras.

Juampi me miró. (¡Cómo me miró!!!!!!!! Despacito y de arriba para abajo. ¡Te juro que sentí que me moría!)

“El carburador es nuevo”, dijo con enojo. “Y porque sea la única pieza que conocés, no quiere decir que sea justo la que no anda”

¡¿No es un dulce?!

Es decir, el comentario era machista y estúpido, y lo dijo con bronca, pero en sus labios te juro que sonaba bien.

De pelear por el carburador, pasamos rápidamente a hacerlo por el asunto de Ine y Borges, (como ves, la ilación del discurso fue un poco errática, pero se entiende: los ingenieros no estudian lógica, y yo no estaba demasiado cuerda)

¿Podés creer que Juampi seguía empecinado en no hablar con Ine?

Se negaba a blanquear nuestra amistad, como si hubiera algo de malo en ella. ¿Raro, no?

Cuestión que yo estaba tan caliente, que le terminé mandando una puteada de esas que hacen historia. ¡No sabés cómo se puso! Empezó a gritar que era una maleducada, y que si insistía en hablar así, iba a ser él mismo el que me lavara la boca con jabón.

“¿Vos y cuántos más?”, le respondí, desafiante.

¡Y ahí se armó!

Si te voy a ser sincera, no sé muy bien que se proponía. Quizás era echarme, o quizás lavarme la boca, pero empezamos a forcejear.

Un consejo: no es bueno jugar de manos con un pibe que te gusta, así sea gay, machito o similar...

Bueno... Juampi es mucho más grande que yo, y además es Juampi, así que terminó agarrándome bien fuerte de la cintura, mientras yo seguía pateando. Sólo después de un rato me calmé. Durante unos minutos nos quedamos quietos, y entonces, no sé que le pasó, pero me dejó tranquila, y, cualquiera que hubieran sido sus intenciones previas, las olvidó.

Yo estaba más muerta que viva, (muerta de amor, se entiende) Sí, definitivamente pelear no había sido una buena idea.

Para cuando me calmé, me di cuenta que mi lindo solerito azul eléctrico estaba todo manchado de grasa. ¡Re manchado! ¡Un bajón! Entonces Juampi, que me sintió puteando otra vez, sin pedir permiso empezó a rociarme con uno de esos aerosoles que se supone limpian la grasa, pero que en realidad primero te mojan, y después se convierte en un polvo blanco que, fija, deja aureola. Dicho y hecho, a los diez minutos era como si estuviera nevando.

¡Mi solerita!!!!!! ¡Mi única solerita!!!!!!!

Traté de sacarme ese polvo maldito, pero fue inútil. Sobre todo atrás, que la mano no me llegaba. Y, por supuesto, el Bruto se negaba a ayudarme, porque dijo que, si bien me merecía una buena sacudida, él era incapaz de pegarle a una mujer.

Después de intentar quitarme esa porquería de desmanchador por un buen rato, finalmente le pedí de pasar al baño. Me saqué el solero, y empecé a mojarlo. Prefería hacer el ridículo de volverme empapada, antes que mi lindo modelito de ciento veinte pesos se echara a perder.

Y estaba yo ahí, en pelotas, en ese bañito miserable, (bueno, en realidad estaba en corpiño y bombacha, o sostén y braga, si más te gusta), cuando alguien empezó a forcejear con la puerta.

Al principio pensé que era el Bruto, que venía por más, así que le mandé una puteada peor que la anterior. Pero después me di cuenta que él no podía ser...

Te diría que lo supe por la urgencia y la furia de los azotes en la madera. Pero no. Fue porque cuando finalmente la puerta se abrió, apareció un tipo con un chumbo. ¡Y me estaba apuntando!!!!!!!!!! (chumbo=pistola=revólver)

¡Claro que no era Juampi!

¡Era un chorro!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Sí, un ladrón había entrado para afanarnos... (o robarnos, o como te guste decirle)

¡UN CHORRO!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Ay, esto ya es una maldición. Me están pidiendo la Historia Argentina más corta que tenga. Cualquiera da lo mismo, porque si por algo nos caracterizamos los argentinos, es por no tener memoria, pero igual te tengo que dejar.

Sigo mañana.

Chau

P.D1: Obviamente sobreviví al chorro, (esto te lo digo para que no me acuses de hacer suspenso)

P.D2: Obviamente no sobreviví al Bruto, que terminó partiéndome el corazón.

1 comentarios:

Marcela dijo...

mmmm, no hago comentarios hasta saber en que termina todo, tanto suspenso me deja atónita jajaja, saludos