La historia de Ifi
Día lunes, 72 (el sábado y el domingo no escribí, porque me daba paja)
El jardín de los senderos que se bifurcan
Estoy re perdida, Pachi.
Es decir, ¿quién entiende a los hombres?
Hoy no tenía que ir a la facultad. Ya estamos muy cerca de los finales, y yo, por suerte, parece que promociono todas. Ahora el sistema es distinto, y si sacás buena nota en los parciales, te dan por aprobada la materia sin más trámite. Yo, de pura aburrida, me la pasé estudiando, así que, al parecer, me espera un verano larguísimo. A Ine, en cambio, esto de Borges le pegó mal, y, por lo que pude escuchar, (incluido lo que me chusmeó anoche el Bruto), parece que le fue para la mierda. Cuestión que la pobre anda re deprimida, porque ella, como yo, solía ser una alumnita perfecta.
Hoy, como te decía, no tenía que ir a la facultad, así que me arreglé de punta en blanco, con la intención de hacer shopping toda la mañana, y comprarme alguna remerita barata, (baratísima, porque estoy quebrada)
Más que la ropa, quería levantarme la autoestima, y practicar algo de lo que me había enseñado el Bruto. Me gustaría sorprenderlo con mis habilidades, cuando me presente al candidato.
Cuestión que estaba saliendo de mi casa, toda bella y emperifollada, (hecha una diosa, bah), cuando aparece...
TA TAN, TATAN...
¡Borges!
Sí, el mismísimo Jorge Luis estaba parado enfrente de mí.
“¡Qué sorpresa! ¿Qué hacés por acá?”, pregunté con inocencia.
Y entonces el sorprendido fue él.
Auténticamente sorprendido.
Al parecer el otro día, la mañana fatal en que yo estaba esperando al Bruto, y que lo único que quería era sacármelo de encima a él, habíamos arreglado esta “cita” (¡!!!!!)
Te juro que no me acuerdo.
Me abrís la cabeza, y no hay nada.
Por fuera puse mi mejor cara de estúpida, pero por dentro me moría de incomodidad.
Ese horrible Borges trucho, (=falso), nunca me había caído bien, y en el fondo de mi corazón siempre había albergado la secreta esperanza de que Ine se aburriera de él, y volviera a ser mi amiga. Sabía a la perfección que ese renacuajo infecto que ahora me sonreía embobado era la única causa de nuestro alejamiento.
“¿Qué busca este pelotudo ahora?”, no dejaba yo de preguntarme, mientras caminábamos hacia el barcito de la otra cuadra de casa, para hacer Dios vaya a saber qué.
La verdad, para entonces ya estaba convencida de que, con ese tonito de superado que tanto fastidia a cualquiera que lo escucha, Borges iba a exigirme que me alejara aún más de su novia. ¡Y entonces sí que lo iba a mandar a la mierda!
Pero no.
Hablamos de Ine, sí, pero no como yo lo esperaba. Me dijo que él se había acercado a mi amiga pensando que eran almas gemelas, pero que al conocerla más se daba cuenta que no calificaban ni para familiares políticos. Por supuesto, de inmediato le di la razón, alborozada, (¡chupate esa! Y si no sabés qué significa, buscala en el diccionario)
Hasta ahí, todo bien.
Pero de inmediato comencé a transitar por la “Dimensión desconocida” del mundo masculino.
Primero comenzó a describirse a sí mismo, sus intereses, y sus logros.
Te juro que quien lo escuchara hubiera pensado que era Brad Pitt. Es decir, ¿viste que Brad Pitt es el raro caso de un lindo, inteligente, divertido y humanitario? Dicho de otra forma, es un lindo reversible.
Justo, justo, como Borges se considera a sí mismo: lindo por dentro, lindo por fuera.
¡Yo no lo podía creer!
Es decir, cuando antes él me había dicho que Ine y él no estaban a la misma altura, y yo asentí complacida, los dos estábamos pensando en una ubicación distinta de los platillos de la balanza.
Y como cuando Borges habla es tan aburrido que produce sueño, tardé un buen rato en entender el significado de sus palabras.
¡Qué bajonazo!
Con su prosa pomposa, y su léxico de crítico literario, aquel pelotudo estaba criticando a mi amiguita del alma. Y a Ine sólo la critico yo.
O el Bruto.
Nadie, pero nadie, más.
Ni bien me di cuenta de lo que decía, dejé de hablar. En el fondo estaba feliz, porque calculaba que me iba a pedir que lo ayudara a cortar su noviazgo, sin que nadie saliera lastimado. Y en caso de ser esa su intención, no iba a encontrar mejor aliado.
Pero el tipo, en cambio, seguía dale que te dale, diciendo pelotudeces, mientras yo soñaba con pasar los días con mi amiga, como antes, y las noches con el hermano, como ahora.
Y en eso estaba, cuando sonó la alarma de mi reloj. Yo tengo un reloj de esos chinos, baratísimos, del tipo de los que se compran de urgencia, en las terminales de buses, (de hecho, lo compré en la de Retiro) Un reloj con miles de botoncitos que generalmente nadie sabe para qué sirven. Yo sí. Y los uso todos. En especial, las alarmas. Como mi cabeza está siempre ocupada en asuntos elevados, como la unidad trascendente de las religiones, o el sentido místico del Romance de la Infantina, o la comida que voy a preparar a la noche, tengo un timbre que me despierta por la mañana, otro que me informa que debo ir a trabajar, y uno que me recuerda que ya es hora de dormir. La alarma que sonó tenía el mismo timbre estridente de la voz del Hurón.
Y me espanté.
“Tengo que ir a trabajar”, dije con seriedad, conciente de que todavía no habíamos llegado a la parte en que simplemente declaraba su firme intención de alejarse de la vida de mi amiga para siempre. Hasta allí sólo habían sido críticas y quejas.
“Te acompaño”, dijo él, para mi horror.
Me quedé de una pieza.
Y entonces, al ver mi cara, comenzó a decir, rapidito y todo junto, que él había creído otra cosa, que se había equivocado, y que la que siempre le había gustado era yo, que era mucho más libre con mi cuerpo que Ine, (¿me estaba llamando puta?), más sincera y desenfadada.
Y entonces...
¡Me tiró un pico!
El muy pelotudo cerró los ojos, y alargó los labios.
¡¿Lo podés creer?!!!!!!!
La verdad, me reí en su cara.
Es decir, el Hurón me conmovió, porque se notaba que sufría. Este, en cambio, se había largado un discurso tipo: “Soy tan maravilloso que me di cuenta que tu amiguita no está a mi altura, pero vos, en cambio, si te esforzás y sos complaciente, quizás sí”
¡No se puede creer!
Por supuesto, entre risotada y risotada, lo mandé a la mierda.
¿Qué hago? ¿Le cuento a Ine, o me hago la boluda, para no humillarla?
Esta noche lo llamo a Juampi para que me asesore.
¿Vos que opinás?
Ifi