martes, 7 de noviembre de 2017

Las Urdidoras








Rara vez conozco a una mujer que sea un verdadero sol. Que ilumine todo a su paso a fuerza de sensatez y buen humor. Que caliente el alma de los que la rodean, ya sea marido, hijos o amigos, con alguna palabra de aliento o un gesto de cariño. Que tenga la habilidad increíble de hacer que todo resplandezca a su alrededor.
La primera que tuve el gusto de encontrar fue una que, como yo, era “madre de colegio” y promediaba los treinta, con dos hijas hermosas y un marido cincuentón, profesor de tenis. Siempre me sorprendió la forma maravillosa en que hacía lucir sus escasos recursos: cosía bellos vestidos para sus hijas, tejía para abrigar a toda la familia, conseguía libros usados que ponía a nuevos, y se daba el único lujo de enviar a sus hijas a un excelente colegio bilingüe. Lucía enamoradísima de su esposo y lo admiraba, (aunque todas las otras madres/víboras pensáramos que podría haber elegido mejor).
En medio de tanta perfección, un día su vida cambió para siempre. El profesor de tenis tuvo un infarto severo, y pasó de ser una ayuda en la crianza de las niñas y el sostenimiento de la casa, a una carga grande que había que cuidar, mantener y mimar. Difícil tarea. Sin embargo nunca la escuché quejarse o perder la sonrisa. Tampoco permitió que su orgullo la hiciera rechazar la ayuda. Por el contrario, la aceptaba con gracia, segura de poder devolverla en un momento mejor. Incluso, aún a pesar de verse forzada a tomar más trabajo, se las ingenió para sacar adelante a su familia, todo el tiempo con una sonrisa en la boca y un tejido en el bolso, cuestión de aprovechar al máximo incluso los pocos momentos libres.
Siempre me fascinó ese tipo de “mujer maravilla”. Quizás porque yo más me parezco a esos días de primavera que prometen sol radiante, pero que muchas veces terminan en chubascos, (como bien le complace atestiguar a mi marido a todo el que lo quiera oír).
Cuatro años atrás me choqué con otra de estas mujeres maravillosas. Desde entonces compartimos penas y alegrías mientras montamos las olas de nuestras camas de Pilates. Más que ejercicio hacemos terapia. Ella, llamémosla la ”Señora X”, siempre nos alegraba y sorprendía. Y no sólo por el eterno buen humor que tenía entonces, sino por el amor incondicional que mostraba a su familia, a su compañero de toda la vida, e incluso a sus amigos. Inteligente, astuta, voluntariosa, su capacidad para negociar resultaba sorprendente. Pero cuando se trataba de los hijos…
Creo que eso nos unió desde un principio: yo me burlaba de ella por la forma en que sobreprotegía a sus angelitos. Lo gracioso es que yo hacía exactamente lo mismo con los míos, por lo que reíamos juntas. Siempre le decía: “en tu caso lo entiendo, por ser una típica madre judía, pero yo ni siquiera tengo esa excusa para ser tan tonta”.
A diferencia de lo que ocurría, (y ocurre), conmigo, desde un principio me sorprendió su tenacidad por mantenerse en línea, muriendo de hambre con tal de lucir un bikini que envidiarían muchas adolescentes. Y lo más extraño: no por jactarse ante los demás, sino como un mimo especial para su esposo. Por cierto, no era lo único que hacía por él. Peor aún, lo acompañaba encantada a todas sus presentaciones, ya que como “hobby” Mr. X cantaba y bailaba en un grupo folklórico. Así que luego de trabajar toda la semana y hacer relucir el dinero y la casa, mi amiga tomaba su tejido y su sonrisa y pasaba horas interminables escuchando las canciones que el coro repetía una y otra vez, compartiendo con amigos ajenos sus pocos ratos de “descanso”. Claro que también tenía amigos propios. Muchos. Pero su marido olvidaba la sonrisa a la hora de acompañarla, y siempre dejaba en claro el gran favor que le estaba haciendo.
Un día, en una de nuestras tantas caminatas alrededor del lago, (no sólo de Pilates viven las mujeres), me confesó con preocupación que el marido se había quejado por su desamor. Cosa rara, porque el sexo seguía en forma regular, así como las salidas conjuntas, y la atención que ella le dispensaba. Pero mi amiga, como toda mujer que teje, a pesar de saber calcular con exactitud la cantidad de lana para una prenda, no duda ni un minuto en proveerse de algún ovillo extra cuando misteriosamente empiezan a escasear. Lo mismo hizo con su matrimonio. Duplicó sus atenciones, intensificó el deseo, e incluso le dio a él más de un detalle extra como para asegurarse del resultado deseado.
Yo, por mi parte, intentaba calmarla: cualquiera que haya vivido un gran amor sabe que se trata de una eterna negociación. La vida no es estática, y tampoco el afecto. Pero, ¿qué podía fallar cuando ella ponía tanto esfuerzo en tejer con esmero su propio destino?
Y entonces vino lo de Pinamar.
Para aquellos que no lo conocen, Pinamar es uno de los balnearios más tradicionales de la Argentina. Bello, pujante, cuenta con una población estable que lo convierte en una gran ciudad, con todos los males que ello implica. Pero su mar, generoso e imponente, sigue regalando belleza a los que lo eligen como escapada.
Y de eso se trataba: un fin de semana largo. La propuesta parecía interesante: cuatro mujeres y cuatro hombres, todos, menos mi amiga, integrantes del grupo de folklore, compartiendo el departamento que una de ellos poseía en Pinamar.
La Señora X estaba entusiasmada. Imaginaba largas caminatas, mañanas compartidas al sol, y si el otoño lo permitía, quizás algo de playa… No pudo estar más equivocada. Extrañamente el alojamiento propuesto para ocho estaba diseñado apenas para cuatro. Dos recurrieron de inmediato al hotel más cercano. También ella se ilusionó con esa posibilidad, pero su marido se mantuvo firme: compartirían cuarto y camas, hombres y mujeres, en una extraña complicidad tratándose de adultos que apenas se conocían. Sin embargo a ella no le extrañó: su marido se caracterizaba por ser un hombre sensato y especialmente cuidadoso con el dinero, (por no decir que era un horrible tacaño).
Una vez allí, el ritmo de vida lo fijó la dueña de casa, buena conocedora de todos los sitios para bailar de la ciudad. Cada noche empezaba con unas copas y buena música, y seguía hasta la mañana con la locura y el desenfreno del baile, como si fueran veinteañeros entusiastas, aunque el más joven de ellos hubiera gastado ya la cuarta década.
Mi amiga, un sol ella, estaba dispuesta a disfrutar tanto como los demás. Y aunque por un mal paso desde hacía un mes apenas podía apoyar el pie, se empeñaba en dar pasos aún peores con tal de no aguar la fiesta.
También dije que nuestra Señora X era una mujer sensata, así que a eso de las tres o cuatro de la mañana se sentaba a esperar el fin de fiesta. Su marido, en cambio, se negaba a parar. Aunque se viera un poco ridículo, todo sudado, colorado por el esfuerzo que a las claras lo excedía. Mi amiga lo miraba a la distancia con un poco de pena. “Crisis de la mediana edad”, lo justificaba. Y ni su vientre abultado, ni el negro del cabello que ya se mezclaba con una pelada que había dejado de ser incipiente, ni su actitud mezquina de dejarla allí sola, le permitían ver lo que era evidente: aquella figura trasnochada estaba haciendo equilibrio con lo patético.
Volvió ella moderadamente contenta después de aquel viaje. A mi amiga le caía bien la dueña de casa, aún a pesar de sus excesos. “La crisis de la recién divorciada”, pensaba para sus adentros. Por lo demás le parecía bien intencionada. Su anfitriona era así, efusiva con todos. Incluso al despedirse de los hijos de los Señores X, al iniciar el viaje, los había saludado con grandes aspavientos, como si los conociera de toda la vida.
Durante esos pocos días hubo un solo hecho que extrañó a mi compañera de Pilates. Poco antes de partir ella le había pedido a su esposo que le consiguiera entradas para la obra de teatro más vista del momento. La respuesta de él fue tajante: la empresa en la que trabajaba como ingeniero no estaba promocionando la función, por lo que conseguir entradas gratis resultaba imposible. Cuál fue su sorpresa entonces cuando durante el viaje de regreso su anfitriona hizo el mismo pedido, y Mister X le respondió que las conseguiría encantado.
Todas estas historias acerca de su fin de semana relataba mi amiga con una sonrisa en la clase de Pilates. Yo, en cambio, escuchaba con alarma, mientras los resortes de mi cama comenzaban a echar chispas. Inteligente y perspicaz, ella había visto todo lo que tenía que ver. Pero simplemente se negaba a decodificarlo.
Pasó casi un mes desde aquel fin de semana. Mr. X se veía cada vez más distante. Mi amiga reclamaba, pero él evadía las respuestas.
Y entonces sucedió. Una tarde cualquiera llamé a mi amiga. Pero en vez de su habitual tono cantarín, me choqué con un llanto amargo que nublaba su voz y su vista mientras cruzaba una de las avenidas más peligrosas de esta Capital. “Dice que ya no me quiere”, logré entender.
Esa había sido la declaración hecha a desgano por su marido, para concluir una larga pelea por un motivo banal, (¿acaso no es ese siempre el motivo de las peleas?).
Tengo algo más que decir sobre la Señora X. Es de ese tipo de mujeres que cuando dicen “hasta que la muerte nos separe”, en realidad quieren decir “hasta que la muerte nos separe”. Una verdadera rareza para esta época. Así que intentó, por supuesto, pelear por su matrimonio. Pero él fue tajante, acusándola, (a ella), de no haberlo querido nunca (¡pobrecito!, ¡un mártir!), ni siquiera al inicio de la relación.
Por cierto, y si me permiten la digresión: ¿por qué pasó de moda eso del “no sos vos, soy yo”? Justificar la situación con crisis existenciales o problemas de carácter es más bondadoso, (y seguramente más certero), que comenzar con una larga retahíla de culpas o faltas del otro miembro de la pareja, como si uno fuera una joyita. Da vergüenza ajena ver a un fulano sorprendido con los pantalones bajos, lloriqueando por el abandono del que fue víctima y que justifica todo. ¡Vamos! No, chicos y chicas, si se están acostando con otro es simplemente porque así se les pintó. Porque aun cuando su pareja fuera una mezcla perfecta de santidad y sensualidad, dada la ocasión, no dudarían ni un minuto en traicionarla.  Lo crean o no, chicos, fueron ustedes. Porque si los defectos de sus compañeros eran tan insoportables, los hubieran dejado antes, que para algo tienen cojones u ovarios. Y si no lo hicieron, no fue por ser magnánimos o cumplir con sus votos, sino para seguir disfrutando los beneficios que sus parejas les aportaban.
Volvamos a Mr. X, por ejemplo. Basémonos en sus propias palabras, documentadas en un Whatsapp: “Siempre supe que no me querías, y si no te dejé antes fue porque estaba muy cómodo en casa, por mis padres, por nuestros hijos, y para no lastimarte”.
Vuelvo a las digresiones. Un consejo para todos los que traicionan y los traicionados: borren el whatsapp de sus celulares. Si dicen algo idiota o una hijaputez, es mejor que no queden registros escritos. El remordimiento o el enojo son malos consejeros. Porque, ¡vamos!, cualquiera que lea el whatsapp en cuestión sabe que en verdad dice: “Siempre supe que no te quería, pero si no te dejé antes fue porque estaba muy cómodo, soy un inmaduro, nenito de mamá, cobarde, y me daba igual lastimarte cada día con mi indiferencia porque no era yo el que sufría”.
Por fin Mr. X obtuvo lo que se propuso. Se fue a vivir a casa de sus padres, enfermos y añosos, y ofreció de palabra hacerse cargo de los gastos del departamento familiar. Parecía realmente dispuesto a no dejar a su ex en la indigencia, y reconocer los derechos que por ley a ella le asistían luego de consagrar una vida a su servicio y la atención de la familia.
Pero no pasaron ni cuarenta y ocho horas de tan justa proclama, que cuando ella le pidió usar el auto de los dos, un día de los siete que tiene la semana, él le largó que el auto era suyo, porque en esa familia él era el único que había trabajado siempre. (Es curioso, porque yo, que he transitado por el mundo laboral como cualquier hombre, siendo además madre a tiempo completo, no podía dejar de suspirar aliviada cada vez que partía de la tiranía de la casa rumbo al trabajo. Los que hayan cuidado casa y familia me entenderán).
Tercera digresión, y prometo que será la última. Siempre, siempre, siempre, firmen papeles. Las palabras se las lleva el viento, como decían las abuelas. No importa que estén casadas, que sus maridos sean honestísimos, o que se trate de un hermano, amigo, padre o hijo. Dejar las cuentas claras, o “clarísimas” no implica que desconfíen del otro, sino que la vida es demasiado complicada, y que lo que hoy es claro para todos, mañana puede no serlo tanto.
En el inicio de “Sensatez y sentimientos” vemos cómo el varón, único heredero del padre, planea espléndidas previsiones para su madre y hermanas. Pero se cruza en el camino su mujer… En mi novela “Volver a empezar”, (¡me encanta citarme junto a la gran Jane Austen!), al morir el novio de la protagonista, nadie pudo evitar que su suegra se proclamara como legítima heredera del departamento comprado por su hijo, pero pagado casi en su totalidad por su confiada nuera. Estoy cansada de ver cómo algunos gastan sus herencias en mejorar las propiedades de su pareja, o en viajes conjuntos, o en lujos para el otro, sin dejar debida cuenta del lugar del que provienen los fondos. Con mi marido siempre dejamos bien documentado todo, y quizás por eso llevamos un millón de años casados. Cuentas claras…
Y en los casos como el que me ocupa, es fundamental que las promesas se firmen en “caliente”, cuando las culpas están frescas y los terceros aun no pueden opinar.
Volviendo a la historia: cuando la separación fue definitiva, cuando quedó claro que Mr. X estaba “viéndose” con “la anfitriona”, (un eufemismo que empleo por no utilizar palabras crudas en Facebook), mi compañera de Pilates comenzó el lento proceso del duelo. Y ya estaba en la etapa de la resignación, matizada con manchones de odio cada vez que su ex hacía alguna de las suyas, (¡y hubo muchísimas!), cuando, como mi amiga es un sol, decidió sacar provecho de la desgracia. Cambió entonces a su marido por una tierna gatita rescatada, que al menos reconoce con afecto genuino sus atenciones. Se anotó en algunos sitios de citas on line, sólo por cerciorarse de que todavía era una mujer deseable. Y lo es, así que pronto se vio obligada a espantar candidatos en busca de sexo casual. Incrementó sus horas de trabajo, comenzó cursos y actividades, se ocupó de su madre enferma, ¡y hasta de sus suegros! Generosa, extrovertida, en cuestión de cuatro meses volvió a ser la Señora X que todos conocíamos.
Un día invitó a una vieja amiga a tomar un café. La dama se había alejado de ella sin dar explicaciones. Al principio la charla fue un poco tensa, pero de inmediato pudo más el afecto, y su amiga, apenadísima, confesó. Un año atrás, un mediodía, su hija estaba almorzando en un sitio muy alejado de la Capital. Y cuál no sería su sorpresa al reconocer la figura inconfundible de Mr. X a los besos con una desconocida. Con valor, y como si fuera una investigadora privada, la muchacha sacó múltiples fotos de la pareja que atestiguaban su idilio clandestino, y hasta tuvo el cuidado de fecharlas. Con las pruebas en la mano, la amiga de mi amiga pasó un año entero discurriendo si mostrarlas, temiendo destruir una buena familia al hacerlo, (como si una buena familia pudiera componerse de miembros desleales).
¿Tengo que aclarar que la señorita en cuestión resultó ser “la anfitriona”?
De repente, con esta nueva evidencia, la inmadurez, (o estupidez), y egoísmo de Mr. X pasó a segundo plano, y mi cabeza, (¡y ni les digo la de mi amiga!), estalló: hasta aquí la figura de “la anfitriona” era absolutamente secundaria. Porque el infiel lo es por derecho propio. Como Mr. X, que primero engañaba a su esposa dejándose atender, no por amor, como había jurado, sino por comodidad, y que luego se decidió por una forma más concreta de ser infiel a su promesa. Pero “la anfitriona”, inventando un fin de semana para compartir con la esposa de su amante en feliz contubernio, durmiendo entre uno y otra, coqueteando a espaldas de la engañada, buscando crear una amistad con ella, saludando con aspavientos a los hijos de su amante como si quisiera ganar su beneplácito, esa “anfitriona”, surge como la contrafigura de la mujer-sol. Mientras una teje, la otra urde. Trama. Su felicidad siempre está asociada a la desdicha de otro. Su tela es como la de la araña, no sirve para otra cosa más que para atrapar incautos.
La vida de mi amiga, que es un sol, volverá a brillar. Crecerá en amistades, quizás otro amor, nietos, familia y tejidos usados sabiamente para abrigar a los otros.
La vida de Mr. X, en cambio, mal que nos pese, se volverá inevitablemente dolorosa. Mi amiga lo tenía demasiado malacostumbrado a apoyarse siempre en ella, así que, le guste o no, esta nueva etapa lo obligará a crecer, y crecer siempre es doloroso. Ojalá sepa aprovecharlo.
En cuanto a “la anfitriona”, presiento que esta no será la última vez que mude de piel. Es el destino de las urdidoras: siempre están enredadas en una intriga nueva, en busca de algo de calor que ilumine lo frío de su propia alma.
Mil disculpas por molestarlos con un relato tan personal, pero es casi un llamado a la solidaridad…
Para poder escribir novelas tengo que entender a los otros. A todos los otros. Por eso justifico a Mr. X, y hasta le tengo lástima, (la misma que seguro se tiene él), pero a “la anfitriona” de la historia… ¿alguien podría ayudarme a comprender lo que buscaba organizando ese fin de semana en Pinamar? ¿Acaso el objetivo no era otro más que exhibir el poder que detentaba sobre su presa? ¿Hacer pública ante sus amigos la aventura que, de seguro, hasta entonces ellos sólo intuían? ¿Evidenciar ante la señora X lo que estaba ocurriendo a sus espaldas? ¿O quería convencer a su amante de que ella era mejor y más divertida que su esposa?
Esta y mil otras preguntas vienen a mi mente. Pero, (¿por suerte?), no conozco ninguna urdidora para que las responda.
Como ven, soy una escritora desconcertada.
Desde ya, muchas gracias por la ayuda y los comentarios (o consejos) que puedan arrimar.

Clara Voghan


2 comentarios:

Paula Guzman dijo...

Un placer leerte, como desde la primera vez que me atrapaste con tus historias.
Es inevitable quedar enganchada a todo lo que publicas. Me ha gustado mucho esta entrada y me encanta la frescura y sencillez con la que expresas esta breve historia.
Abrazos, Clara!!

notengo_210 dijo...

Genial y sencillamente la verdad. Creo poder responder, desde mi opinión, tu inquietud. Las urdidoras generalmente tienen tan poca confianza en sí mismas y buscan desesperadamente probar a todo el mundo que tienen el control total de sus vidas. Lo cierto es que es que no es así, puesto que quién sabe quién es no necesita estar probándolo demostrando nada.
Por eso creo que la anfgitriona de la história inventó el "viajecito" por el placer mismo de la incertidumbre, la emoción de probarse ella misma que podría controlar todo eso.
Cuando pase la emoción del momento no va a dudar en buscar nuevos retos para elevar su baja autoestima.